18 dic. 2010

¡Vamos, no me jodas!... (en recuerdo de Manuel Ballestero y Ballestero

La tarde del jueves 16 de diciembre, un busto parlante -endiosado y panfletario-, en la radio, se hacía cruces (es un decir, porque daba rienda suelta a su estulticia… y, sobre todo, a su ideología) porque Clinton, Blair y González, entre otros, analizaran esta tarde la situación de la “izquierda”… en Nueva York.

¡Vamos, no me jodas! Me acordé de ti, querido Manolo, y exploté con tu frase: ¡Vamos, no me jodas!; situar en la misma frase a Bill Clinton, Tony Blair y FG… y creerse que son lo mismo es, de por sí, demencial. El colmo: analizar lo que es la izquierda en la ciudad más emblemática del capitalismo.

A esto hemos llegado. Es que la cosa ya es así: la línea que separa izquierdas y derechas en el XXI es la gestión. Ya han pasado los tiempos de los colectivismos: fracasaron. Ya han pasado los tiempos de los nacionalismos: fracasaron.

La oía hablar de progresismo y… me descomponía. Una filóloga metida a comunicadora olvidando que la progresía es de 1879; y es más, el progresismo va unido al concepto liberal, ¡¡no al colectivista!!

En fin, ella es así, recluida en su burbuja de la radio no ve que el mundo evoluciona. Y a mí, mientras intentaba digerir lo que decía, me venían a la mente aquellas imágenes de poses absurdas creyéndose glamurosa y estrellita. Sitúense: Madrid, en el garito de hermano de famosa/famosilla del cine/teatro, frente a discoteca hiper-mega-guay, posando para mi amigo Flix, sobre una mesa de billar… y pierdo los papeles cuando la llaman “buena periodista” a esta gallega, afincada en Barcelona, filóloga que se inició, como otros que si son grandes, en Radio Sabadell.

¡Vamos, no me jodas!, dónde hemos llegado. Menudo país éste.

Manolo Ballestero, les recuerdo, era un viejo hidalgo, mitad charro-mitad cauriense, que a sabiendas de que se había equivocado de siglo hacía crónica del XX y se encabronaba, más que yo, por cosas como éstas. Vivió el mejor Benidorm que se recuerda y nos dejó huérfanos de su ironía.

Él y yo lo teníamos claro: ya no se pude hablar de clases y lucha de clases una vez que el sector servicios es hegemónico y se ha producido el triunfo de las clases medias.

La diferencia entre derechas e izquierdas, insistíamos siempre, está en el modo de enfocar los modos y formas de actuar. Todos queremos lo mismo. Bueno, todos no: la chica esta de la radio de las tardes está traumatizada porque las izquierdas no hallan su sitio y aplican políticas “de derechas”. Sigue anclada en la Revolución francesa, cuando surgió eso de izquierdas y derechas, olvidando que la Historia de la Política demuestra que los programas de la derecha y de la izquierda evolucionan de manera rotunda, hasta confundirse; prueba inequívoca de que sólo hay un proceder: buscar lo mejor para todos.

Muchos, como ella, se empeñan en adscribir valores diferentes a uno y otro extremos, incluso los ordenan jerárquica y moralmente. Pero resulta que ninguno es mejor que el otro por mucho que se empeñen los de uno y otro sentimiento. No por vilipendiar a uno el otro emerge como referencia: tan malo ha resultado el fascismo como el comunismo, tan crítico ha resultado el liberalismo como la socialdemocracia. Son los tiempos, los ciclos y las personas las que hacen realidad, por su gestión, las situaciones.

Hay que abandonar, ya en el XXI, el concepto izquierda-derecha del XIX… incluso en el sindicalismo. Hay que situarse en la realidad de hoy.

Y redistribuir la riqueza es sólo permitir que cada uno, con su esfuerzo y en igualdad de condiciones, alcance lo máximo. Para engordar pavos ya están las granjas.

Por eso, a Manolo y a mí, nos dolía -y me duele sobremanera ahora que él se ha ido y solos nos ha dejado- que haya trasnochados… y que usen púlpitos y micrófonos… y que haya borregos; sobre todos eso. Basta con mirarse en el espejo para saber cómo estamos; en las fotos se puede ver cómo éramos… y el futuro hemos de trabajárnoslo.

No conozco más utopía que la de Tomás Moro… ¡¡y era una isla!!

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