11 feb. 2011

Del "Gran Smog" de Londres a "la boina" de Madrid


A finales de los sesenta, un día, con el miedo en el cuerpo por los males de la contaminación llegamos a Madrid… la vimos (la contaminación, digo), estuvimos y volvimos. La contaminación no acabó con nosotros… y vimos “la boina” que se le ponía a la capital… Estaba acojonado, cosa de leer ya entonces más de la cuenta, por lo del episodio del Gran Smog de Londres (1952) y el número de muertos.

El anglicismo –palabro, en román paladino-  smog viene de mezclar smoke (humo) y fog (niebla) con un par de buenas pintas de Fuller’s London Porter en una noche de niebla… y como se ha dicho hasta la saciedad, en Londres no hay más días de niebla que en cualquier localidad del Valle del Ebro; es una ciudad surcada por un río. Pero tuvo episodios de smog.

Los carbones de peor calidad, los ricos en azufre, son capaces, en la combustión, de generar óxidos de azufre que reaccionan con el vapor de agua y producen ácidos sulfurosos que si bien en condiciones naturales se escapan hacia las capas muy altas de la atmósfera, en ocasiones de frío y altas presiones, se quedan estancados en las capas bajas. Y ahí duele.

Pero dicho esto, hay que señalar que hay dos tipos de smog; el de las ciudades soleadas y secas, y el de las ciudades frías y húmedas.

El de las primeras es el smog fotoquímico en el que los óxidos de nitrógeno y los compuestos volátiles orgánicos (OCV ‘s) reaccionan con la luz solar produciendo una mezcla de aerosoles y gases rarillos, principalmente ozono, que complican la respiración y atacan, incluso a las fachadas de los edificios. Se descubrió en la década de los 40’s en la ciudad de Los Ángeles (California, USA) y se comprobó en los 60’s que también se daba en Ciudad de México (MEX) y Tokio (JAP). Se daba en verano y, cosas del intelecto, se le llamó “smog de verano”. Pero al comprobar que este problema se producía, igualmente, en el área del Mediterráneo en situaciones de invierno (Barcelona, Roma, Atenas… y Madrid… y Bilbao…), se ha terminado por llamar smog fotoquímico; se origina en situaciones de inmersión térmica y el ozono es el vector determinante.

El otro es el smog ácido/smog sulfuroso/smog de invierno que se da cuando altas concentraciones de dióxidos de azufre y de nitrógeno, en episodios de intenso frío, reaccionan con el vapor de agua y producen ácidos que, con estancamiento de bruma, generan vectores bastante corrosivos con las vías respiratorias… y en el mundo animal.

El smog de Los Ángeles propició que los automóviles utilicen catalizadores en los sistemas de escape. En cuanto sopla el viento, desaparee. El de invierno… es de otro talante.

El smog de Londres es… más puñetero. Cuentan que en el episodio del Gran Smog de 1952 murieron, por complicaciones respiratorias y agravamiento de enfermedades de pulmón, del orden de 22.000 británicos. Sólo entre el 5 y el 9 de diciembre murieron 4.000 londinenses; el resto, en lo meses posteriores y por complicaciones. Fue terrible, pues coincidió con una fase alta de gripe que también hizo estragos.  Eso sí, no fue el único episodio vivido por Londres y buena parte de la Gran Bretaña industrializada y del carbón. La cosa viene de atrás: ya en 1273 y 1306 se promulgaron las primeras prohibiciones sobre fuegos con carbones sulfurosos... y en 1661… y las primeras recomendaciones legales llegaron en 1853… y en  1881… En esa fecha, 1881, dos ciudades americanas (Chicago y Cincinnati) promulgan las primeras leyes de América al respecto.

Conociendo estos precedentes y con el peso de lo ocurrido en 1952, y con episodios de menor impacto en los años siguientes, en 1956 se promulgó la Clean Air Act (Ley de Aire Limpio). Y se ha ido enmendado la ley, cada vez más restrictiva, en 1968, 1974, 1993, 1995… y desde 2001 está incluida en el paquete legislativo británico contra el Cambio Climático, con actualizaciones en 2006 y 2009. La “niebla” de Londres se queda en la pelis y en los cuadros de Monet.

Volvamos a la vieja Europa, regresemos a la antigua España. Bilbao, no nos olvidemos de la ciudad de la Ría, y Madrid alcanzaron sus máximos de contaminación en 1973 y 1975; desde entonces ha ido bajando la cosa, por la gracia de Dios, hasta el “sustito” de 2011. La “nuestra”, sin ser buena, es sólo “boina”, el smog fotoquímico

Y en el caso de Madrid, a falta de centrales térmicas para producir electricidad que quemen carbón, la culpa es del cha-cha-cha de los motores diesel. Muchos compraron el diesel porque emitían menos CO2, cosa que es cierta. Pero es que el CO2 no es malo y sí lo es el NO2 que los diesel emiten en cantidubi-dubi-dá… y en los días anticiclónicos (sol y calma) terminan por generar problemático ozono y… matachín: smog fotoquímico; ¡¡boina!!

Para acabar con el smog fotoquímico español sería bueno una buena legislación medioambiental… que la hay; y que se cumpla. Si es que el mismo Artículo 325 del Código Penal ya castiga la cosa… Pero lo más graves es que, que yo recuerde, hay una Ley de Prevención y Control de la Contaminación (2002)… una Ley de Responsabilidad Ambiental (2007)… una Ley de Calidad del Aire y Protección de la Atmósfera (2007)… más las leyes y normas específicas de las CCAA, como las de la Comunitat Valenciana…, y hasta una Estrategia Española de la Calidad del Aire (2007)…

Haberla, hayla; pero cumplirla…



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