20 mar. 2011

Con Pepe... y Enrique, de Bodegas Mendoza


Enrique Mendoza es, sin lugar a dudas, un visionario del vino. A finales de los setenta se empeñó en hacer vino y lo ha hecho; contó con la ciencia, y lo ha logrado; tentó las ideas de la viticultura australiana y ha terminado en la filosofía de un “chateau” gabacho. Implicó a toda la familia, y le salió bien; muy bien. Lo suyo son vinos con identidad, amparados en viticultura de precisión, investigación y sostenibilidad, lo que determinan unos vinos originales que llevan su firma: Enrique Mendoza, viticultor. Sus hijos continúan y engrandecen el proyecto.

La tarde del viernes la pasamos con Enrique en el Hotel Meliá Benidorm, en “Los cafés del Meliá”. Por primera vez la infusión de frutos y semillas del cafeto cedió protagonismo al producto de la fermentación alcohólica de la fruta de la vitis vinífera; la cafeína se rindió al resveratrol, ese famoso de ahora, y a los taninos… y a los Mendoza.

En realidad, el invitado era su hijo, Pepe Mendoza, el enólogo de la estirpe, pero, como dijo a la llegada, “me he traído al jefe”. Y Enrique ofició de tal. Fue todo un espectáculo que gravitaba en torno al vino y a la vinificación, desde la visión inicial al momento actual -entre el Mendoza hijo de logros espectaculares y el Mendoza padre que cambió el concepto del vino en Alicante- por algo más de tres horas y media, en absoluta relajación, y con dos vinos de charleta: un Moscatel de Mendoza, de auténtica Moscatel de Alejandría (Moscatel de La Marina) que tras diez meses en barrica es capaz de dar equilibrio entre aromas de miel de azahar, de mermelada de naranja y, dicen que, notas de tostado; y un “Mendoza total”, uno de sus inventos, que es un dulce elaborado a partir de uvas pasas, con secreto. Recupera la vieja tradición de la uva pasa de La Marina, sigue todo el proceso al pie de la letra, y tras el oreo, al tercer día -ya saben que al tercer día, resucita- a vinificar para lograr un universo de nuevos matices, desconocido hasta ahora: sublime resultado. Es que los Mendoza son así. Dos vinos para hablar de ellos; dos vinos de charleta.

Los Mendoza, entonces sólo Enrique, comenzaron con nada y menos en El Romeral alfasino, sólo ilusión, y saltaron a El Chaconero en Villena para conseguir sus primeros logros. En 1989 ponen en marcha la bodega. Pero desde el setenta y poco ya habían destinado cara rincón de las fincas a un producto concreto, y la ilusión inicial se ha ido transformando con el empuje de los hijos Pepe (enólogo) y Julián (comercial) en una gama de productos que unen frescura y carnosidad, color y potencia, los emblemas de la bodega, a base de mimar uvas chardonay, merlot, shiraz, petit verdot, moscatel y monastrel a sabiendas de que “lo que no hay en el campo no llega a la bodega”, y cada sector de la finca tiene su cometido por suelos, insolación, clima y sistema hídrico. Además, desde el primer día, con nuevas prácticas culturales. “Su hijo le va a arruinar”, le decían a Enrique los lugareños cada vez que Pepe inventaba algo; hoy, Pepe, ha vuelto a ser reconocido como “Mejor Enólogo de la Comunitat Valenciana”. Y, no se olvide, aglutinándolo todo está la esposa de Enrique, madre de Pepe y Julián, suegra y abuela.

Los Mendoza tienen muy claro lo que persiguen. Lo que comenzó en el Alt de Benimaquia (en el Montgó) en torno al siglo VI a.C., lo suficientemente cerca de L’Alfàs y Benidorm, sigue siendo aún tan fuerte como para contagiarles el virus del vino. Pepe Mendoza pretende llevarlo a más desde su puesto -ahora- en el CRDO Vinos de Alicante: se ha propuesto identificar el germoplasma autóctono y zonificar correctamente para, desde el conocimiento del suelo indicar el portainjerto adecuado y llegar a vinos con identidad de suelo y conseguir la D.O. desde la raíz para los vinos de Alicante. Ellos, en sus tierras, lo han hecho y seguro que lo consiguen para la provincia; la Universidad Miguel Hernández es el apoyo técnico-científico mientras ellos -Pepe en particular- motivan a todos y derrochan ilusión. El objetivo es ofrecer a toda la D.O. poder llegar a algo parecido como los “vinos de clos”; vinos con identidad de suelos. Ellos ya lo practican con excelentes resultados en “Las Quebradas”, por ejemplo.

Han optado por una viticultura de precisión, tecnificada al máximo y bajo parámetros de sostenibilidad (vector ecológico) que llevan practicando, por libre, desde hace más de una década para hacer vinos originales que colocan en ese gran espacio comercial per permite la calidad y la singularidad; entre los iconos de arriba y los pastos que siembran la base de la pirámide del vino. Moverse en la franja de entre 10 y 30 €/botella que poco a poco se adueña del segmento en Europa y los EEUU.

De sus penúltimas ideas/retos les destaco, por disfrutarlas, lo de irrumpir, como otros excelentes, en el campo del aceite a partir de ancestrales ejemplares de las montañas de La Marina y poner el logro bajo un emblema nuestro como es “Barranco de Tagarina”; lo de activar un Cuaderno de Campo en su web (www.bodegasmendoza.com) como vector de comunicación de su filosofía de trabajo, y desarrollar su faceta de enoturismo que el año pasado le reportaron 4.000 visitas a la Partida de El Romeral, en l’Afàs del Pi, a escaso metros de la oci-urbe que es Benidorm, en un lugar que decía Pedro Delso en el que “por las noches, las lunas no cambian de nariz; no mienten”. Y quizás por eso las cosas que salen de El Romeral –Bodegas Mendoza son auténticas.

Hace unos días Pepe definía su trayectoria en presa: “en el Nuevo Mundo aprendí la técnica, y en Centroeuropa el respeto al terroir. Trabajamos las dos vertientes, lo ecológico y la agrotecnología”. Trabajan el vino.


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