10 sept. 2011

DE LOS GATOS… DE LAS CIUDADES DE LOS GATOS EN LA ISLA DEL SOL




En aquellos días en que uno era rebelde y hacía cosas porque sí y porque era hijo del Jefe de Estudios -lo menos por 5º ó 6º de Bachillerato-, me “obligaron” a leer “Tirano Banderas”, de Valle Inclán. Y dije que no; que eso era muy antiguo. Y doña África me lo cambió por “La ciudad de los gatos”, de un chino llamado Lao She. Como si la estuviera viendo: “chulitos a mí”, pareció decirse, “¡búscate a uno de los chinos más grandes de la literatura china!”

Di con la referencia, como no, en González Palencia, un templo de los libros en Murcia. Contándole mis pesares aquél erudito y amable librero, entonó él el salmo balsámico de la dificultad de hacerme con un ejemplar de un chino de la élite comunista que fue, como no, represaliado por el maoísmo… lo cual no le daba aún carta de naturaleza para llegar con prontitud a la estanterías hispanas de provincias, y… opté por la obra de Valle Inclán… y unos folios de un amigo que me salvaron la papeleta. Cabizbajo, casi tanto como el derrocado Santos Banderas, entregué mi trabajo. Hasta las aventuras del gran visir Iznogud tenían para mí más “miga”. Pero había que sacar el curso como fuera… y limpio.

Vamos, que no leí a Lao She; pero aquello de “La ciudad de los gatos”, que nunca supe de qué iba, me vino a la mente nada más llegar a Rodas… Rodas de los Caballeros, la Isla del Sol. Hay gatos por todos lados, especialmente en la ciudad medieval de Rodas; pero es que en Lardos, Lindos o Monolitos había más gatos que turistas… que ya es decir.

Yo estaba más bien que en brazos en Pefkos, Pekki, o como le llamen los isleños: el resort estaba ideal, en la playa, a cien metros reales, cuatro “gatos”, y… estaba abonado al Lee Beach y sus cervezotas. Un gyros, bien surtido de tzatziki, para desayunar; nada de tonterías de té y tostadas. En ocasiones un buen plato de fresca sandía troceada con queso feta, una delicatessen que no está al alcance de todos los paladares. Además, guai-fai para que funcionara el ordenata. Lo dicho, mejor que en brazos… en Pefkos.

Si quería masa… una mezcla de Guadalest-Mijas años sesenta… Lindos estaba a cinco puñeteros kilómetros y en sus estrechísimas calles se abarrotaban gatos, turistas, gatos, burros, gatos, tenduchos, gatos, restaurantes, gatos, iglesias, gatos… Y hasta tenía dos playa desde donde la panorámica era genial y en lo más alto se veía su Acrópolis, con casi todas sus piedras por el suelo y sus gatos por doquier. Agios Pavlos, con su hermitita y todo, tiene, como playa y cala más su aquél. Lárdos, más pueblo y casi la misma distancia, al interior… tabernas de impresión y gente simpática… y algún gato.

Si yo en Pefkos era feliz, más que nada por la ausencia de felinos, ¿por qué tenía que ir a ver la capital?, ¿por qué tenía que ir a la ciudad de los gatos? Pues por ser un turista más; este gineceo que me acompaña manda. Total: fui y renegué; gatos por doquier. Y encima te tratan como turista. Fatal. Y El Albergue de España en plan olvidado, contrastando con los demás nacionales de las viejas órdenes de caballería. Los que fuimos, lo que somos… en Rodas Town lo vemos.

En fin, en Rodas, cualquier lugar mejor que el maremágnum de la capital.

De deambular por la isla descubrí, ciencia infusa que le llaman, que la proporción de felis silvestris es inversamente proporcional a la distancia a su capital; cuanto más al centro y al Sur, menos gatos. Del NW sé poco: está el aeropuerto y el paisaje es feo de gónadas… aunque hay británicos casoplones decimonónicos geniales.

En Prassonissi, ni un gato ví. Eso sí, al W, decenas de alemanes, caravana a cuestas, buscando olas para el wind-todo gracias al Meltemi, un viento del N que levanta olas y crea la barra de arena que une la isla de Rodas con la islita de Prassonissi; al E, decenas de ingleses, y mediterráneos en general, disfrutando del Mediterráneo en plan balsa de aceite. Un “hamaquero” torrado al sol controla el material y por 5€ te equipa al completo. Un par de lugareños en otra roilotte, te salvan el aperitivo y un par de restaurantes te completan el día.   

En la costa E, la playa y el monasterio de Tsambika/Tsampika también tienen su aquél y, a pesar de estar más cerca de Rodas, llegando ya al despiporre turístico-urbanístico, también aquella playa es un rodal de ausencia gatuna. Bajo, la playa; en la altura y la distancia, el monasterio: una de cal y otra de arena… sin gatos. Y a monasterio, me la echo con el de Filerimos.

En Monolithos, al otro extremo de la isla, tal vez por la hora, los gatos dormitaban, pero se les veía: más gatos que paisanos.

Y en toda la isla, aparte de los gatos, unas horribles dificultades para comprar aceitunas… para acompañar a la cervecita. ¡Qué isla!, te las ponen con cuentagotas. Pero hay al menos, en toda la isla, un par de Lidl y otro par de mini Carrefour-Express donde comprar orondas sandías, buen feta (hay varias clases) y mejores aceitunas aliñadas que el paisano tendero juraba que eran auténticas “Kalamata” (¿Pero las kalamata no están en el Peloponeso y en Creta… y aquí estábamos en el Dodecaneso?). Griegos…

De la cerveza… Mythos, Alpha, Marathon… te acostumbras, siempre mejor que los gatos.

En fin, que preferí en Rodas la ausencia de mininos, y entre visitas nocturnas al Kyma Beach y al Terpsis, y diurnas al Nostalgia, confieso que en Google Books me leí buena parte de “Lao She y la Revolución China”, del indio Ranbir Vhora. Está en inglés y me cuesta que no veas, pero -digo yo-, habrá que prepararse para la chinalización que nos espera… y cualquier momento es bueno en ausencia de gatos.


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