11 nov. 2011

DEL CO2… DE TEMIDO PROBLEMA A BASE ECONÓMICA: LA ECONOMÍA DEL CO2



No es que pretenda ir por la vida cual guerrero del antifaz defendiendo el CO2 y desfaciendo entuertos sobre él; es una causa cuasi perdida ante la campaña que ha venido soportando el bondadoso gas ante la cantidad de voces que lo denigran pero… voy a poner mi granito a su favor… como últimamente hacen otros.

Sabemos que las emisiones de CO2 (incluidos los efectos indirectos de la deforestación) generadas por la acción del hombre se han estimado en unas 25,7 gigatoneladas/año. Muchas son, vale: pero aquí no pasa nada con el CO2… y hasta podemos sacarle partido… económico; generar empleos.

Las vías naturales de fijación del dióxido de carbono por la plantas (fotosíntesis) o en los océanos (formación de CaCO3) dicen muchos que no resultan suficientes para eliminar esa gran cantidad de CO2 que hay por ahí producida por el uso de combustibles fósiles.

Hace nada, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) publicaba el informe “CO2 Emissions from Fuel Combustion” (2011)[1], que muestra que los países en vías de desarrollo han incrementado sus emisiones de CO2 hasta 2009, mientras que los países desarrollados las han disminuido de forma importante hasta situarlas a niveles de un 6,4% por debajo de las emisiones colectivas en 1990. Esta disminución, todo un éxito, ha sido debida, principalmente, al cumplimiento de las normas previstas con la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto.

Vamos, que estamos en la línea prevista (aunque no programada, que era mucho mayor), pero Kyoto acaba en 2012 y… después, ¿qué? De Durban espero y menos… y los hay, insisto que insisten, que dicen que hay mucho CO2 suelto y hay que ir reduciéndolo.

Con el CO2 éste que se considera que tenemos en exceso, aviso a mentes emprendedoras, se pueden hacer muchas cosas. Para mí, que no es un problema, pero… con el CO2, insisto, se pueden hacer muchas cosas. Podemos hablar ya de una Economía del CO2.

La cosa comenzó con experiencias en la agricultura y ahora entramos ya en otros campos. El mismo Departamento de Energía de los EEUU (DOE) acaba de publicar una “recomendación” señalando que en los bosques americanos conviene más que nada repoblar con eucaliptos (Hawai), pino taeda (SE), maderas nobles a lo largo de los estados del Mississippi y álamos en la región de los Grandes Lagos por su rápido crecimiento, el interés de su madera y su gran capacidad de absorción de CO2. Y lo mejor, en las ciudades, por sus microclimas particulares y altas concentraciones de CO2, recomiendan castaño de indias, nogal negro, liquidámbar americano (styraciflua) y los pinos ponderosa, rojo y blanco. Un detalle, todo un detalle, es que como regla general señala: “siempre árboles del lugar, con preferencia los de rápido crecimiento”.

En la agricultura, la fertilización carbónica es ya una realidad, bien atmosférica (insuflado en el invernadero) o en riego (fertirrigación carbónica, inyectándolo en el agua del riego localizado). Ya sé que las raíces no efectúan la fotosíntesis, pero el CO2 es también genial para el suelo de los cultivos (evita que se acidifiquen y actúa sobre la cal). La fertilización carbónica es la releche: incrementa la producción y el rendimiento de las cosechas, reduce el consumo de agua, permite adelantar la época de recolección, mejora la calidad de frutos y flores (densidad por planta, coloración, tamaño, etc.), facilita el esponjado de terrenos compactos, lo que supone mayor aporte de oxígeno y desarrollo del sistema radicular, acidifica el suelo, optimizando la asimilación de nutrientes y la actividad metabólica, permite siembras tardías sin retraso de las cosechas, aumenta la resistencia a plagas y enfermedades, lo que reduce gastos en agroquímicos (y es una mejora medioambiental), evita incrustaciones en los goteros, reduciendo costes de mantenimiento y mejora la rentabilidad y el valor añadido de los productos con una inversión mínima. ¿A qué esperamos para incrementarla? En los invernaderos almerienses se han hecho prodigios.

Pero en el campo de la química la Economía del CO2 va a más. Ahora mismo, del orden de 110 millones de TM de CO2 son convertidas cada año en productos químicos como urea (70 Mt/año para fertilizantes, adhesivos, tintas, textiles, resinas, productos farmacéuticos y alimentación del ganado), carbonatos inorgánicos y pigmentos (cerca de 30 Mt/año) y aditivos en la síntesis de metanol (6 Mt/año). Otros productos químicos obtenidos del CO2 o con su concurso son el ácido salicílico (20 kilotoneladas de CO2 por año para usos médicos y cosméticos), y el carbonato de propileno (unos pocos kilotones para año apara industrias electrónica y química, así como la producción de polímeros y tintes). Por otra parte, 18 Mt/año son utilizadas como fluidos tecnológicos diversos y en las industrias alimenticia y agroquímica.

La verdad es que sólo estamos hablando, en Economía del CO2, más que del 1% del CO2 emitido… pero ahí hay campo y no hemos hecho más que empezar.

Hay muchas líneas de investigación abiertas: desde producción de lactonas, de gran interés en la industria química farmacéutica y sanitaria, a la producción de carbonatos lineares o cíclicos que son la base de solventes, aditivos para gasolinas o monómeros para la producción de polímeros. Hay campo: incluso la producción de combustibles por medio de la reducción del dióxido de carbono a otras moléculas raras y muy efectivas, pero a un altísimo coste energético. Por aquí anda también la producción de gas de síntesis (syngas), metanol y fotosíntesis artificial. Esto de la fotosíntesis artificial es muy llamativo y abre un nuevo campo de trabajo.

Vamos que, lo que les planteo es que a pesar de todo lo que les cuentan, el CO2 da para mucho más que para acojonar.



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