11 mar. 2013

DE CUANDO A CUENTA DE CAMOENS ME MARQUÉ UNA HISTORIA DE ESPAÑA



En marzo de 2005 para un Seminario de Geografía Histórica me marqué estos párrafos que levantaron su polémica. De la prospección arqueológica del sábado último he rescatado buena parte de ellos…


Algunos hombres del Renacimiento, satisfechos de sus vivencias culturales, determinaron que entre el apogeo cultural en que vivían y la Antigüedad clásica -Grecia y Roma- había existido un tiempo oscuro e intermedio que se caracterizaba por una absoluta falta de cultura. Y no les interesó. En el apogeo del Romanticismo (siglo XIX) se empezó a mostrar interés y atracción por aquél tiempo intermedio y oscuro que llamaron Edad Media, y comenzaron a estudiarla. 

En el 711 llegaban los moros que se asentaron por aquí hasta 1492 (o 1609, que mantengo yo). Y aquí empieza la curioso porque que por aquellos días -la mayor parte de la Edad Media- musulmanes y cristianos convivieron en paz. Esencialmente, sostienen Ubieta y Roglà, por dos motivos: porque los cristianos carecían de economía, riqueza y fuerza militar y porque la religión lo presidía todo y nadie estaba por contradecir el Corán (el Catecismo cristiano es del Siglo XII). Así las cosas, la península se islamizó y no se arabizó: se convertían aquellos hispanogodos al islamismo por un “quítame allá esas pajas” con el arrianismo y porque llegó un tal Malik ibn Anas (La Almoata; Siglo VIII) y lo puso en bandeja: basaban su fe en el Corán, en la palabra del Profeta y en el “no sé” que es lo mismo que nuestro más reciente y célebre “doctores tiene la Iglesia” para las cosas complejas en las que no se sabe que responder. Y funcionó. Pero por encima de todo estaba el parné, maldito parné, y el sexo, como refleja una crónica de Ahmed Arrazi (siglo X) advirtiendo a Damasco de que “los cristianos se convierten al islamismo para huir de la justicia, no pagar tributos o pretender casarse con diversas mujeres al mismo tiempo”. Y como quiera que aquellos primeros invasores no estaban por la labor dura del Islam, dejaron que los cristianos del momento -incluso los mozárabes- tuvieran organización jurídica, política y eclesiástica propia de acuerdo con la tradición visigoda. Hasta Abderramán II les organizó el Concilio de Córdoba (851).

Con los años la cosa cambió un poco -en algunos momentos, bastante- pero siempre muy lejos de lo que explicó alguno del nacional-catolicismo. Los musulmanes en tierras cristianas -los mudéjares- si bien no tuvieron estatuto jurídico propio hasta bien entrado el XV, lo pasaron bastante peor, pues se les obligó a bautizarse y se les adjudicó, finalmente, el despectivo de “moriscos”, aunque hasta el XV tuvieran universidad propia y reconocimiento.

Todo esto hay que reseñarlo y dejarlo claro porque la Reconquista, como tal, no empieza hasta el Siglo XI, a propuesta del Reino de Pamplona y en plan cruzada: el Papa Alejandro II convoca -1063- la primera contra Barbastro (Huesca, en el corazón del Somontano) que llena la España norteña y cristiana de centroeuropeos ávidos de gloria y religiosidad... y, naturalmente, un buen botín). A raíz del éxito del experimento español el Papa Urbano II predicó y consiguió en 1095 la Iª Cruzada a Tierra Santa.

Los cruzados Europeos -mírense algunos los apellidos- estuvieron por aquí, luchando contra el infiel, desde 1064 (Barbastro) hasta 1340 (El Salado), pasando por Toledo (1085) o la celebérrima de Las Navas de Tolosa (1214), que también fue Cruzada.

La cosa fue dura, miserable y lenta: la toma de Granada se inicia en 1292 y termina en 1492, ¡¡200 años después!! Mientras les duró el oro a los granadinos.

Y fue lenta, en general la Reconquista, porque la cosa de la orografía era determinante para invasores (desde el Sur) e invadidos (en el Norte). Los entonces despoblados, inhóspitos y salvajes valles del Miño y del Duero iniciaban una frontera natural, por el Atlántico, que completaban las Bardenas, ahora desérticas y entonces desiertas y sólo habitadas por especies pinchosas y pastos bajos) y los claros desiertos peninsulares de La Violada y Los Monegros, para terminar en la hostil llanada leridana, hasta las cordilleras costero-catalanas cercanas al Mediterráneo. Esta orografía fue una barrera natural para unos y otros durante siglos.

Sólo la cuenca media del Ebro -la Bardulia romana- y la costa catalana eran proclives a la invasión y por ello fueron fortificadas por los de arriba, en torno al año 800, con profusas construcciones que darían nombre a estos territorios: Castilla, en la cuenca media del Ebro, y Cataluña o tierra de castellanos (castlans) en las cercanías costeras mediterráneas.

Imaginen que las campañas militares se realizaban a través de las únicas rutas practicables de por entonces -las calzadas romanas conservadas por los visgodos- y como no existía la Intendencia, los ejércitos vivían de la natural rapiña de cosechas y ganado. Y con el paisaje desértico y durísimo antes descrito, por mucha vía romana que hibiera, hasta bien entrado el siglo XII no hubo nada desde Coria (Cáceres) a Asturias (por la vía de la Plata), ni hasta Zaragoza donde tomaban la otra vía romana paralela, al Cantábrico.

Y, como dijimos, fueron los del reino de Pamplona los que iniciaron la Reconquista temerosos de la cercanía de los moros y las continuas razzias de pillaje.

Mientras hubo oro, oro del Sudán, aquí las cosas con al-Andalus funcionaban de perlas. Antes de los reinos de Taifas, que buenas parias pagaban, la cosa económica estaba en el tráfico de esclavos eslavos -que traían y comerciaban los judíos viajando al amparo de las juderías de Praga, Colonia y Barcelona con destino a las tierras del sur peninsular, dejando por toda Europa un reguero de oro bendecido por la cristiandad de entonces. Abderramán III era sobrino-nieto de la reina Toda de Navarra y el lío nobiliario se enreda de forma taimada con nobles de un lado y de otro educados y formados por “el enemigo” de turno; luego no lo serían tanto.

Lo único claro que tenían aquellos europeos, muy dados a venir a combatir al infiel en cruzadas, era el nombre del país: España, que a finales del XII lo era para toda la península, si bien antes (del XII) ese nombre sólo designaba a la que estaba en poder musulmán, al-Andalus para los de abajo. El resto del territorio peninsular lo componían Asturias, Pamplona, Castilla y Castlans. Si, Castilla y Castlans (Cataluña), tierras de brega y fortuna militar. No olvidemos que Luis de Camoens (1524-1580) lo deja muy claro al hablar de la península: “Hablad de castellanos y portugueses, porque españoles somos todos”.



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