17 jun. 2013

DE CUITAS DOMÉSTICAS; DE LA FALTA DE UN ALMOTACÉN O UN FIEL DEL RASTRO…


Volvía yo de Alicante, de una de esas entrevistas de trabajo en la que vas a releer el currículum -porque todo gira sobre los mismo y bien clarito que queda que mi inglés no pasa de la barra de un bar- y terminan con un “muy interesante y profesional, ya nos pondremos en contacto con Ud.” que es como decirte que no (pues previamente se supone que se habían leído el C.V. y sabían de mis capacidades y hasta de la pinta que arrastro, por la foto), cuando tuve que repostar ya muy cerca de Benidorm y, de paso, mercar algo para la cena. En la pescadería había huevas de sepia (pocas, pero las había. Que no siempre las hay); que bien hechas es un manjar de… por lo menos, cardenales.

Y “mi contraria”, que me acompañaba, pide. “Hale, medio kilito bien puesto”, le dice el mozo de la Pescadería. Y eso que coges el paquetito y por mucho envoltorio que lleva, como que aquello no pesa medio kilo. No sé, nunca he reparado en sopesar, a mano suspensoria, medio kilo (ni kilo entero), pero que, efectivamente, aquello no podía pesar medio kilo. Y en eso que le dices al pescadero que te lo vuelva a pesar… y -¡Oh, prodigio!- los dígitos de la balanza supuestamente electrónica marcan 386 gramos. La cara del chico es de incredulidad. Los vuelve a pesar, y 375 gramos. Se dirige a la balanza de al lado, y 411 gramos. Repite la operación, y 395 gramos. Volvemos a la primera, y 385 gramos… Con esa pesada y el ticket pertinente saqué las huevas de sepia de allí mientras el pescadero juraba, y el primer ticket lo decía, que “al principio” pesaba 515 gramos.  

Lo hicimos constar en atención al cliente y…

No es que dude, pero a partir de ahora me voy a tener que ir de compras (ahora que parece que voy a tener muuuuuucho tiempo libre) con una balanza analítica bajo el brazo… aunque no sé como le afectará el traqueteo del paseo a su precisión.

Esto es un lío; echo de menos al zabazoque (el señor del zoco)… y aprovecho para recomendar el libro de Pedo Chalmeta que cuenta estas cosas: “El ‘señor del zoco’ en España. Edades Media y Moderna. Contribución al estudio de la Historia del Mercado” (Inst. Hispano-árabe de Cultura; 1973). ¿Quién controla ahora la cosa del peso?, ¿es que ha vuelto la sisa[1]?...

Yo recuerdo haber oído a mi padre, en casa, lo de los ediles romanos, magistrados que eran para las cuestiones de la “mensurae” (medidas) donde entraba la “pondera” (pesos) y la “capacitas” (capacidad) en virtud, por ejemplo, de la Lex Cornelia de falsis (esto ya lo he visto en Intenet, y Lex Cornelia había para casi todo: injurias, sicarios, venenos, traición… ¡Jodó con la Lex Cornelia!). No voy a pedir lo mismo para los ediles de ahora: apañaos íbamos.

Y también recuerdo lo del almotacén[2] (palabro árabe que entró en el castellano), o alamín (tal que almotacén); lo del fiel del rastro y hasta lo del Fielato (que también tenía funciones de los actuales veterinarios de sanidad pública)…  Personajes investidos de autoridad que comprobaban, ¡¡¡y vigilaban!!!, el ajuste exacto de los pesos y medidas. Y actuaban de oficio, a instancias de cualquiera. Vamos, a instancias de mí mismo el mismísimo jueves pasado con lo de las huevas de sepia.

El almotacén -además- comprobaba el peso y calidad de la moneda del cliente. Yo iba a pagar con tarjeta.

Hoy echo de menos la institución del Peso Real (s. XVIII) y aquella Ley de Pesos y Medidas que aunque se parió en 1849… no entró en servicio hasta 1880… España es así.
Ahora es el Ministerio de Fomento el que controla la cosa, y los establecimientos están obligados a lucir en sus básculas las pegatinas reglamentarias de que han pasado la inspección correspondiente (la  “ITV” de las básculas), que tiene vigencia por dos años. Son las Comunidades Autónomas las que deben velar por ello.

FACUA, en 2010, hizo un estudio y denunció que el 36% de las balanzas de los establecimientos no ofrecen un peso correcto y el 47% ofrece no exhibía el sello preceptivo, con lo que no se sabe en qué siglo fueron verificadas.

Yo no me fijé en si la balanza que el jueves mesuró las huevas de sepia tenía sello o no; pero lo que sí que se es que el peso que marcó no se correspondía con la realidad: en el pesito de casa (que se usa de uvas a peras) marcaron las huevas 383 gramos… pero estaban de película. Ana las prepara que no vean; hasta dos botellines de Grimberger optimo bruno les entraron… Es que la cebada -y la miel- del viejo condado de Gâtinais, en el valle de Loing (afluente del Sena), y el espíritu de San Norberto obran milagros.

Por esta vez pase, por San Norberto, pero exijamos que las balanzas que nos pesan las cosas estén también en condiciones.





[1] Impuesto que se cobraba sobre géneros comestibles, menguando las medidas
[2] Literalmente: el que gana tantos ante Dios por sus desvelos por la comunidad

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