30 jul. 2013

DE LO DEL VALENCIANO Y ESO QUE AÚN SIGUE ROLANDO… (I)


Le leo al amigo Paco Bou en Facebook su pesar por lo del idioma valenciano, la lengua valenciana, y me he acordado de un artículo que publiqué en noviembre de 2005 al respecto. Es que el papel lo aguanta todo.

En 1997 trabé amistad con Quirce Rodes en aquellas reuniones de FORTA. Ya les he hablado de Quirico (en castellà); nos une un profundo amor al cava y al xampany. Yo le descubrí La Cava Aragonesa (Benidorm) y él, a mí, El Xampanyet (Carrer Monvada, 22; Barcelona) y el Senyor Perelada (Argenteria 8). Resulta que su familia llegó desde Orihuela a Cataluña a principios del siglo pasado, y uno tiene mucho vivido en Origüelica del Señor. Como yo, en los Medios de Comunicación, seguimos manteniendo amistad, contacto y visita anual a Sant Pau d’Ordal. Allí vivía su tío, Quirce también, que murió en enero 2005. Era él quién me contaba todo esto de la lengua; menudo era. Reclamaba lo suyo para cada territorio; no más. Adoraba a los valencianos que había hecho grande a Lérida.

Y decía así el artículo.

“Hete aquí que desde mediados del XIX La Renaixença (catalana) empieza a infectarlo todo”.

Els Jocs Floral de Barcelona (desde 1859; Patria, Fides, Amor) posibilitan a los poetas catalanes difundir su concepción lingüista de su forma de hablar. Muchas publicaciones se prestan a ello; será seña de identidad. En Valencia también hay Jocs Floral, pero su difusión sólo correrá a cargo de publicaciones de menor rango (el efímero El Fárrago, la Gaceta Popular, El Saltamartí) hasta que irrumpa Lo Rat Penat (1879) que organizará y difundirá sus propios Jocs Florals. Y 20 años de machaque se notaran por mucho que Lo Rat Penal saliera a la palestra como Societat d’Animadors de les Glòries de València y son Antic Realme y pusiera toda la carne en el asador; siempre ha habido en el Viejo Reino gente a favor del Principado.

Es que el Reino de Valencia siempre ha estado abierto a la influencia norteña.

La primera irrupción de los tentáculos catalanistas llegan al Cap i Casal en 1877 con la fundación de la primigenia Valencia Nova, hermanada con varias sociedades que luego, ya en el XX, darán lugar a Solidaritat Catalana. Contaba Quirce (tío) que de inmediato comenzó la “labor de zapa y carcoma lingüística” a la que se unirán L’Oronella (1888) -de Constantí Llombart (fundador que fue también de Lo Rat Penat pero que abandonó por su apoliticismo)- y L’Antigor (1897) que amparados en el humor, lanzaban continuas cargas de profundidad lingüística pro catalanista.

Lo Rat Penat apostó primero por difundir el llemosí, craso error. En su apoliticismo, no querían zaherir sensibilidades; pero terminaron decantándose por el valenciano… y ya llevábamos casi cuarenta años de retraso frente al norte.

Fueron años duros aquellos de finales del XIX y principios del XX: confrontación pura y dura. No existían normas ortográficas definidas; se vivía en una anarquía de formas entre quienes escribían en lo que se decía catalán y entre quienes lo hacían en lo que se decía valenciano. El mallorquín tenía gramática y diccionario desde 1835. Y eso dolía.

En el duelo valenciano-catalán irrumpirán en el XIX dos figuras: Lluis Fullana (franciscano de Benimarfull, Alicante) y Pompeu Fabra. Fullana, como tantos otros, abrazó el catalán hasta que por investigación y erudición se decantó por el valenciano. Fabra pretendió -y consiguió- normalizar la forma de hablar de Barcelona como paradigma de la lengua catalana. Al padre Fullana no le salió tan bien como a Fabra la cosa. Seguíamos viviendo la desventaja de difusión del catalán frente al valenciano.

En estas que la Diputación de Valencia, en 1915, creó la Real Academia de Cultura Valenciana… que no sé por qué hemos venido rechazando, especialmente durante la Transición, por el mero hecho de ser plenamente valencianista y basarse en evidencias científicas de la lengua. Siempre he pensado que nos ha gustado ser súbditos de los espabilaos primos del norte.

Lo de las Normas del 32, que Quirce (tío) nunca me supo explicar bien (o yo no entender porque barajaba multitud de variables basadas en la política de entonces y de ahora), lo dejo para los que entiendan… o digan que entienden. Quirce decía que se trataba de una “maniobra catalanista de normalización” y no la búsqueda de un consenso, que apuntaban otros.

Lamentaba el bueno de Quirce que confundiéramos en el Viejo Reino (él jamás nos llamó País Valencià) a los “blaveros” de la lengua con los de la política; y a éstos últimos, el permitirlo. Incluso le dolía que se admitiera el término “blavero”, o la tendencia “blaverista” como un despectivo. Es que de una apasionada defensa del valenciano (lengua) se había pasado a la más apasionada defensa de la franja azul en la bandera. Y solo a tres personas salvaba Quirce de la quema que había permitido aquello: a Vicente González Lizondo, a Fernando Abril Martorell y a Manuel Broseta Pont (de Banyeres de Mariola, Alicante) por sus decidida defensa de la identidad y la lengua valencianas… pero estaban en el centro-derecha, y la izquierda pesaba, e influía, más.

No obstante, en lo de la identidad valenciana, yo siempre apuntaba, porque me conmocionó, la Batalla de Valencia y de cómo el Grupo de Acción Valencianista se adueñó de lo que podía ser el “blaverismo” e hizo estandarte violento  de lengua y valencianía en detrimento de la realidad.

En fin, que “som com som i ens mereix-nos el que ens passa”.





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