5 ago. 2013

A PROPÓSITO DE LO DEL AGUA Y LAS SEQUÍAS… INCLUSO DE LA DEL 78


Insisto en lo del agua y la suerte que hemos tenido con que Beniardá fuera solidaria (tiene una avenida a su nombre en el callejero benidormero).

Ahora, dejen su mente en blanco y retrotráiganse unos cuantos siglos; cuatro docenas o más.


Desde siempre, la tribu tuvo su mago/hechicero que se ocupaba de tener la cosa a bien con el “suministrador” de lluvias. Aún hoy, me cuentan, en Cadaqués se conserva la danza del trencador de les aigües que es el ejemplo, dicen, del druida del agua que más ha perdurado en la península, junto con alguno extremeño menos conocido. Vienen de la Edad del Bronce; vaya Ud. a saber.

La romanización trajo consigo que las robigalias dejaran de ser abrileñas (25 de abril; luego lo convertirán el día de San Marcos, muy dado a rogativas) y salieran al paso, en cualquier momento, de cualquier sequía o perrería climática: la cuestión era degollar un perrillo y un lechal. El lechal, reclamando el agua que asegurar la fertilidad para los campos y la bebida de los humanos, y el chucho por Sirio (la estrella del Perro) que marcaba mucho las etapas de sequía. La de perriches y corderillos lechales que perdieron la cabeza por un llueve ahora que lo necesito.

Representación de una rogativa ad petendam pluviam
La cristianización dejó el papel del brujo de las aguas, como el de tantos otros, en manos del sacerdote, que, a falta de mejor aliado, buscó amparo en las imágenes sacras. Y así, cuando la sequía era calamitosa, se sacaba a la imagen de turno a que contemplara la desastrosa situación de los campos y gentes. Y no sé cómo, pero por lo general terminaba por llover y se arreglaba, aunque fuera una miaja, la situación. Bueno, recordemos la creencia de que las campanas alejan el pedrisco, las bendiciones aseguran las cosechas y las rogativas bien las lluvias o el cese de éstas. Dominaba una visión providencialista; la intervención divina.

Para evitar la idolatría, la Iglesia católica se inventó lo de la dulía y la hiperdulía, además de la latría: se veneran a los Santos, a la Virgen o a Dios, no a su imagen. Pero hay imágenes e imágenes. Por ejemplo, en Murcia tenía como patrona la Virgen de la Arrixaca (siglo XIII), pero en el XVII los frailes que la custodiaban no consideraron oportuno sacarla en procesión ad petendem pluvian, por lo que el cabildo tiró de la Virgen de la Fuensanta, de la que eran titulares… y llovió. Unos años después, otra impresionante sequía hizo de las suyas, y sacaron a la de la Arrixaca. Pero… no llovió. Entonces volvieron a recurrir a la de la Fuensanta, y llovió. Y, cabreados como monos,… le quitaron el patronazgo a la de la Arrixaca (venerada y entregada por Alfonso X) en favor de la de la Fuensanta. Tuvo que intervenir un Papa (Pio VI), con bula por medio, pero los murcianos se decantaron por la Fuensanta que hacía llover.

Bueno, lo de las imágenes en procesión no siempre ha tenido éxito. En más de una ocasión arrojaron al Cristo -o al santo/a- del lugar al río, todo cabreados por la ausencia de lluvias a pesar de la rogativa. Incluso, en procesión (que no en rogativa), sacan al Cristo de turno y, más que nada, le advierten. En una pedanía de Abanilla (Murcia), creo que fue en Macisvenda -porque íbamos en otro rollo y me suena-, entre baladres y tarayales, en el río Chícamo -que es un paraje reducido y precioso-, la romería que nos tropezamos capuzó al santo (San Juan Bautista, creo; y estábamos a finales de agosto) al grito de “acapuza zorroñoño y asegúranos el agua”. Y lo hicieron, ante nuestro asombro, por tres veces. 

Aquello fue a finales de los sesenta; el agua ahora parece que les llega por otros cauces.

En fin, que eso era antes; cuando vivíamos en sociedades agrarias y la dependencia del agua de lluvia tenía incluso una connotación esotérica. En el XIX padecimos las sequías prolongadas y terribles de 1800 a 1808; de 1820 a 1830; de 1840 a 1851 y de 1861 a 1880.

Pero la Sequía del XIX por antonomasia fue la de 1841-1850, de tristísimo recuerdo en el Sureste y en dos fases, siendo la más agresiva la de 1846-50. Esa sequía fue la responsable, por ejemplo, de la emigración general al norte de África ante la crisis de subsistencia en toda la provincia de Alicante (y en Murcia, y en Almería se buscaron la vida de otra manera). En el XX no fue mejor la cosa: 1904 a 1914; 1978 a 1984 (la que nos ocupa) y 1992 a 1996, sin olvidar tres bienios sequísimos (1938-39, 1944-45 y 1963-54).

Bueno, ya en los setenta y como baluarte turístico que éramos, no estábamos, por culpa de la sequía, como para cambiar de patrona, capuzar al Cristo, o acudir al barranco del Murtal en procesión rogativa. Mucho menos en tirarlo todo por la borda y largarnos al norte de África de donde habían salido ya por peteneras los países colonialistas (especialmente Francia). Entonces lo mejor fue recurrir a la geología (los acertados informes de José Luís Hervás), tras sonoros fracasos de zahoríes (radiestesistas).

Y se encontró agua en 1979. El 24 de marzo de 1979 comenzó a funcionar el primero de los pozos de Beniardá… pero la situación la remedó, cómo no, una gota fría en octubre. Aquél verano del 78 se pasó como se pudo, bordeando la legalidad y la sanidad. A partir del 24 de marzo de 1979 cambió la historia con el agua de Beniardá.

La cosa no era del 78; venía de atrás… y con retranca. Es que titulares como “Benidorm: un gigante que se bebe el agua de los campesinos. Callosa de Ensarriá se subleva” (Blanco y Negro; 22.05.1976) donde se recuerda que en 1934, aprovechando que la Guardia Civil estaba desplegada sofocando la Revolución de Asturias, “los callosinos dinamitaron 200 metros de canal que pretendía quitarles el agua y llevársela hasta Altea” generan un poco de miedo. Claro, aquello era la España del 34 y esta de la que hablamos fue la del 78. Y no se estaba por “robar” el agua de El Algar.

Don Pedro Zaragoza presumía de zahorí y de haber localizado algunos pozos, pero el pozo que brotó fue en los tiempos del alcalde Rafael Ferrer Meliá (que no tiene calle en el callejero local).

Por cierto como consecuencia de la “Sequía del XIX” el gobierno de entonces solicitó a los científicos del momento opiniones -Memorias se les llamó- para intentar poner remedio. Manuel Rico Sinobas, el físico y médico que consiguió con su tesis ganar el premio llega a decir que “el clima ha cambiado… por deforestación”; y estábamos en 1851. Lo que evidencia que no es novedoso lo de los calentólogos de ahora. Pero acto seguido señala que “Nuestro clima Puni-Ibérico no ha cambiado respecto a las aguas hidrometeoras”.


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