3 ago. 2013

DE LA HIGUERA DEL NÁUTICO


La susodicha higuera
En el Paseo de Colón, a la altura de la Escuela de Vela del Club Náutico de Benidorm, hay una higuera. Cada mañana, en esta nueva faceta de mi vida, salgo a andar y, según el itinerario que siga, a la altura del kilómetro 4’300 (paso arriba, metro abajo) o del kilómetro 7’100 (metro arriba, paso abajo) paso por debajo de ella y me inunda su particular aroma. Es una gozada, reconforta e imprime fortaleza para llegar al destino: a la ducha.

Es una higuera y ya se ven los higos.

No sé si es refloreciente o brevera (o bacorera) -en junio no hacía yo este periplo matiner- pero ansío enfilar, ahora, el Paseo de Colón para pasar bajo ella; es ahora un poco mi higuera.

La higuera es una morácea fascinante; por lo general, en el Mediterráneo, crece espontáneamente en muchos espacios. Y además de esa característica de poder dar dos cosechas (brevas, para antes del verano -que en realidad son flores tardías de otoño-, e higos para después del verano -que son las flores del año-) tienen la particularidad de poder ser árboles dioicos (árboles de flores bien masculinas o bien femeninas; a los de flores masculinas se les conoce como cabrahígos -o higos de Capri-, y suelen ser silvestres) o monoicos (flores masculinas y femeninas en el mismo árbol). Por lo general, las de por aquí son monoicas, autofértiles. Y más cosas: el higo, en realidad, es una infrutescencia, el fruto de un fruto: lo que nos comemos y parecen semillas (destripen un higo y verán), en realidad, son los frutos de la higuera. Y más cosas: tienen flores, muy pequeñas y de color amarillo, que son difíciles de observar. Ah, se dice que el que ve (o la que ve) una flor de higuera la noche de San Juan gozará por siempre de la felicidad.

La higuera fue uno de los primeros árboles que el hombre cultivó y se encuentra bastante ligado a él. Tiene su origen en la Caria, esa zona de Turquía a la que apunta la isla de Rodas, y por ello la clasifican como Ficus carica. Es una planta arbustiva genial; de esas de planta y olvida. No necesita cuidados, y da, cuando menos, higos; y brevas e higos las reflorecientes. 
Bueno, tiene alguna plaga la higuera y un par de posibles enfermedades, pero nada del otro jueves.

higos en la higuera
Adán y Eva, después del Pecado Original, se cobijan bajo una higuera y cubren sus partes pudendas con hojas de higuera (pámpanos de higuera le decían en Lo Reche); era, dicen, uno de los árboles más abundantes en el Paraíso Terrenal. Los egipcios gustaban de su cultivo, y adoraban los higos; después será uno de los árboles más señalados en la Tierra Prometida y animará aquella huída.

La higuera es el árbol de Venus y la breva y el higo tiene sus connotaciones sexuales. A Rómulo y Remo los amamanta Luperca, la loba, bajo una higuera, y las ofrendas al dios Baco eran con higos. Tanta importancia llegó a tener el higo en Roma que la Tercera Guerra Púnica se inició cuando Marco Porcio Catón, el censor Catón el Viejo, presentó hermosos higos púnicos y dijo dos cosas: “están a sólo 3 días de Roma” (¡Ojo! que pueden acabar con nuestro mercado) y, luego, la célebre frase de “Cartago delenda est/Cartago debe ser destruida”.

Ah, también tiene su lacra: resulta que Judas se ahorcó en una higuera y, a pesar de la traición, se la maldijo. Bueno, es que Jesús ya la había maldecido previamente, aunque hay quien dice que se trató de un cabrahígo (higuera macho) y no de una higuera.

A mí, esta higuera del Náutico, me recuerda los veranos de Lo Reche; aquellos de traje de Adán, sandalias y bicicleta. Frente a la Casa del Canal, mi abuelo José tenía sus higueras de higos, de dos en dos, de “verdal”, “blanca” y “pellejo de toro”. Una vez supe distinguirlos. 
Cada tarde, al caer el sol, había ración de higos, y unos bancales más allá se cogían los que se secaban en cañizos. Mi padre contaba lo de Platón y los higos: durante mucho tiempo se dijo que eran “alimento de filósofos”... no sé si por su poder nutritivo o porque el filósofo no hallaba otro sustento. Eso sí, tanto Hipócrates como Galeno los recomendaban.

El verano se acababa cuando mi abuela Mercedes y aquellas gentes se ponían a preparar el 
dulce de membrillo, el arrope y el calabazate. Arrope de higos, negro dorado y dulce; calabazate con membrillo y melón… cosas que no he vuelto a probar, cosas de Lo Reche y de aquella niñez donde el Canal de Riegos de Levante, entre 2 partidores, era una auténtica piscina olímpica.

También en Lo Reche, junto a la Casa de la Palmera, había un grupo de higueras brevales de la variedad “colar”; por las mañanas, al principio del verano, acompañaba a mi padre a coger unas docenas… y más de una breva madura terminó despanzurrada en mis manos, o cayó desde ellas al suelo… con la consiguiente bronca; eran las mejores. Y no se me ha olvidado el refrán: “después de comer brevas, agua no bebas”… porque esa combinación es un laxante eficaz

La “leche” de la higuera (el látex de la higuera) servía para muchas cosas. Recuerdo que Ramón cuajaba leche muy azucarada con unas gotas de este látex, removiendo con el rabo de una buena hoja de higuera; y estaba buena. Y una vez que me picó una avispa me frotaron con “leche” de higuera… y se pasó. Y decían que la gente fabricaba una buenísima lejía, muy desinfectante, con la ceniza de las ramas de la higuera. Decían.

Pasar bajo la higuera del Náutico me trae muy buenos recuerdos… que me impelen para poder culminar mi periplo matinal.





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