18 ene. 2014

DE UN PAR DE DIAS POR EL MOSI. DÍA 1.


A mí que me den museos y me digan lo que quieran. Pero, ¡ojo!, nada de pintura, que más de una pincelada me empalaga, ni escultura, ni trajes ni “” de eso. A mí, museos chulos: como el MOSI mancusiano. Y sólo, para disfrutarlo.

Sabía que estaba y aproveché una escapada al Instituto Cervantes de allí para doblar la esquina, patear de puntillas las ruinas del viejo Manchester de Castlefield, el Mamucium romano, y sumergirme en el Museum of Science & Industry (MOSI). El vicus se ve poco y tienen reconstruida la puerta del campamento. El propio MOSI tiene unos buenos paneles al respecto. Al aire libre, el contraste entre la puerta reconstruida, el puente del ferrocarril y la mole espigada del Hilton no dice nada, pero no está mal.

Bueno, al MOSI.

Como buen museo británico, la entrada es gratuita; pero te piden 3 libras; lo que cuesta una lechuga. ¿Cómo decir que no?: “Please, donate ₤3”.

El MOSI son cinco edificios… en los terrenos de la que fue la primera estación de tren del Mundo (para servicio de pasajeros) -y que sigue en pie- y alberga el mejor de los espacios museísticos del MOSI.

El primer edificio es el Great Western Warehouse… y es eso, el gran depósito occidental. Obviamente alberga el Coffe shop; eso no puede faltar. Y allí está la Galería de los Textiles. Manchester, la máquina de hilar y el surgimiento de la industria textil es todo lo mismo. Desde el siglo XIV la lana y el lino cobran protagonismo en la región con la llegada de tejedores flamencos (vamos, de Flandes -Países Bajos/Holanda-). Luego, en el XVIII (1736), los ríos Irwell y Mercy se convierten en navegables (mediante esclusas) y se construye el Manchester Ship Canal para sacar la mercancía por Liverpool. Construyen (1761) el canal Bridgewater para bajarse el carbón de Worsley… y en 1780 Richard Arkwright inicia el proceso revolucionario textil que hará que a Manchester la llamen Cottonópolis. Todo eso está allí.

La vieja Baby de 1948... y 32 bits
Y unos pasos antes de llegar al mundo del textil está uno de los argumentos iniciales de mi visita: una réplica de la Manchester Small-Scale Experimental Machine, la SSEM; la llamada “Baby”. Fue el primer computador con programas almacenados en la memoria. “Baby”, un armario ropero de tres cuerpos, fue desarrollada en la Universidad de Manchester en 1948. De allí salió la Manchester MK1 y la Ferranti Mark 1 (1951) que fue el primer computador comercial (tenía grabada en la memoria una versión del “Good Save the Queen” para las ocasiones).

Baby” tardaba casi 1 hora en realizar 3’5 millones de operaciones; tenía 32 bits, pero era, en 1948, la releche. Mi zapatófono de ahora tiene mucha más memoria.

El Shackleton con radar
Bueno, también tienen en la entrada una reproducción de un Avro (F Type) de 1912; es que el bueno de Alliot Verdon Roe montó su fábrica de aviones en el extrarradio mancusiano. En el edificio 5 también hay más aviones “locales” como un monstruoso berraco Avro Shackleton que montó uno de los primeros radares embarcados. Y allí mismo enchufas el radar y cuando la antena pasa por delante de uno, cuando “lo barre”, aparece el eco en la pantalla. Están todos los niños jugando a ver si el radar no los detecta.

Y ya que estamos en el Air & Space Hall (edificio nº 5; un antiguo mercado cubierto)… pues un Supermarine Spitfire, un Hawker Hunter, un Ohka japonés (un avión-cohete kamikaze), un par de De Havilland (un Dragon Rapide –como el que llevó a Franco a África- y un vampírico Vampire), un larguísimo helicóptero Bristol Bellvedere, un Eglish Electric P1… una buenas selección de aviones de distintas épocas. Disfruté. En la planta superior una pequeña expo de motos y bicicletas; de la primera a la última, que allí presumen de inventar la bici

En el Power Hall (edificio 4), un repertorio variopinto de “Working Engines & Locomotives”. Te recibe una atmósfera cargadita de vapor de agua y aceite; no en balde te vas a meter en el mundo del vapor y los primeros motores. Y aunque te recibe un “motor de sangre” (vamos, una rueda accionada por tracción caballar) el resto es puro vapor (y algo de calor) para apreciar como evolucionó la cosa esta de la motorización desde el XIX a los modernos motores Rolls Royce de aviación. Incluso en lo de las locomotoras: allí tienes desde una Ericsson Novelty de 1829 a una elefantiásica South African Class de los años 30 con sus más de 40 metros de largo. Los críos se lo pasan pipa golpeando las ruedas de las locomotoras con martillos “estratégicamente” colocados para que compongan sus sinfonías de martillazos.

El 1830 Warehouse (edificio 3) tiene su aquél: la Galería de la Electricidad y la electrificación, la expo Connecting Manchester (cosas de las comunicaciones y de los medios audiovisuales del lugar) y la sensacional Ice Lab que cuenta las cosas de la arquitectura y la ciencia en la Antártida. Completísimo. Se puede ver cómo la electricidad transformó nuestras vidas y hogares; incluso llega a debatir los pros y los contras de la nuclear y las renovables. Hay un apartado para los hervidores de agua para el té, las tradicionales Kettles, que es de la órbita “Cuéntame”. Y contando cómo fue la cosa está la expo de la primera planta con la evolución de los teléfonos, la fotografía, la tipografía y la impresión, aparatos de radio y TV y la evolución de los aparatos que utilizamos en los medios de comunicación. Recordé los viejos estudios de radio y la evolución de los magnetófonos: los de alambre no los conocí, pero de los de cinta… allí estaban todos los Revox y los Uher… y las cámaras de TV. Igualmente fascinante.

Bueno, mañana la emprendo con el fascinante edificio 3 que encierra lo mejor.  





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