24 jun 2014

DEL CONCEPTO DE TURISMO Y DE LOS PRIMEROS HOTELES


Fue en el siglo XVIII cuando Anthony Ashley-Cooper, tercer conde de Shaftesbury, ya aventuró la importancia que tendría el “turismo”, palabra esta cuya primera plasmación impresa se produce a partir de 1760 cuando se apunta su derivación del latín “tornus” (volver); de volver tras hacer el Grand Tour que ponía a los británicos en contacto con las civilizaciones mediterráneas y les acercaba a la joya imperial de su Corona, la India, cuando le añadían el plus del Indian Mail.

Vale.

Pero la cosa no podía quedar ahí, en el latín. Había que buscarle un matiz más antiguo y así llegó Arthur Haulot (humanista belga y fundador del Buró Internacional de Turismo Social), quien en su Manual de Turismo Social, se va hasta el vocablo hebrero “tur” -que significa “viaje de descubierta”- y mantiene que el primer tur -que hasta “sabemos” que duró 40 días- lo realizaron los israelitas cuando Moisés envió, desde el desierto de Parán, exploradores a Canaán[1]… y estos regresan y no sólo lo contaron sino que se trajeron los primeros “souvenirs” (Números 13).

No se quedaron en el lugar más tiempo porque aquella zona “carecía de infraestructura hotelera”, que si no, lo de de hoy tendría más rancio abolengo.

Pero con el tiempo, hasta se inventaron los hoteles. Fue un proceso largo, con altibajos y fantásticas realizaciones.  

En la Antigüedad ha habido lojamientos, de cualquier tipo, de todos los colores. Siempre se instalaban junto a los lugares “turísticos” del momento: santuarios y otros sitios de peregrinación.

En el Siglo II aC tiene lugar la edad de Oro de la “Operación Asfalto” del Imperio Romano. Cual Plan Redia del momento se ponen a construir como locos carreteras (vías) para ir a casi todos lados. Y en aquellas vías encontramos también hospedajes, las llamadas mansiones, con reglamentación específica a su actividad. Vamos, que lo del alojamiento no es ayer tarde.
Pero esto no sólo ocurría por el Mediterráneo; ya era un fenómeno global.

Un buen día en Japón, en el siglo VIII, en la gran isla de Honshu -cuentan-, estaba un tal Taicho Daishi, afamado monje budista, en el monte Hasukan (uno de aquellos montes sagrados), allá por el año 717 (hace casi mil trescientos años), cuando el dios de guardia del promontorio le contó, en sueños, que en el valle, en Awazu, había un manantial de aguas medicinales de grandes propiedades. Bajó, encontró la fuente, comenzaron los baños y como fue tan bien la cosa ordenó a su discípulo Garyo Hoshi la construcción de un albergue que pasa por ser el más antiguo del mundo en activo. Aún hoy sigue como Hoshi Ryokan y tiene su página web por si se anima a reservar.

Otro hito hospedero llega con las peregrinaciones religiosas. Los monasterios y sus casas de acogida hicieron bandera tanto en Roma, como en Jerusalén, como en La Meca. Hasta el siglo IX no se unirá a este selecto grupo Santiago de Compostela que tuvo tanto éxito que además de “cadenas” de hospedaje surgieron hermandades de cambiadores de moneda, como la Hermandad del Cirial de San Ildefonso, pues era mucho y variado el dinero circulante y había que convertirlo en moneda hispana. Incluso fue tal el éxito “turístico” de Santiago que hasta contó con guía de viaje; la primera fue la del monje de Vézelay (Francia) Hugo el Potevino[2] (descartado ya que Aimeric Picaud fuera el autor, aunque se cree fue el compilador).

Como Las Cruzadas no consiguieron recuperar Jerusalén, Santiago se convirtió en el destino favorito y las posadas, hasta el XI generalmente caritativas, pasaron a ser negocio mondo y lirondo al cobrar los servicios.

Durante la Edad Media hubo hostelería, pero no gozaba de fama. Más bien, aquellos garitos sólo tenían mala fama, y a partir del XV, por ello, comenzaron a ser reglamentados en España y Francia, y sobre todo en Alemania y Suiza. Los mesones, además de alojamiento, cuadra y alimento proporcionaban servicios hasta como “agencia de viajes”.

El Renacimiento trajo un hálito de cultura y modernidad y los viajeros reclamaron unos mejores servicios; incluso habitaciones individuales y una cierto equipamiento sanitario. Así surge el primer hotel de concepción “moderna” en El Cairo; se trata del Hotel Wekalet-Al-Ghury (siglos XVI) que en la actualidad alberga (después de innumerables modificaciones) un centro cultural y artístico. Aquél hotel fue referencia obligada de aquellos británicos que realizaban el Grand Tour (hasta la India).

Pero volvamos al XVII y veremos que serán las ciudades balnearias las que copen la atención “turística” y precisen de paliar las necesidades de alojamiento. La británica Bath es un buen ejemplo de este auge, como lo es la brega por dotarlas de alojamientos en consonancia. El siguiente paso alojativo se da en Londres donde en 1784 se inaugura el Grand Hotel (Evan’s Grand Hotel, desde 1840) en Covent Garden (43 King Street), auspiciado por David Low, para gente bien.

No obstante, habrá que llegar al siglo XIX para encontrarnos con el primer hotel moderno propiamente dicho. En 1807, en otra ciudad balneario y muy de moda como era la alemana Baden-Baden (desde tiempos de los romanos, como Bath), el arquitecto Friedrich Weinbrenner transforma un convento capuchino, con sus celdas acondicionadas, en el Badischer Hof, el primer hotel que podemos considerar como un hotel moderno.

El alojamiento turístico de playas se iniciará a partir de 1830, coinciden varios autores, en las costas rumanas del Mar Negro al mismo compás que en California y Florida… pero eso es ya otra historia.





[1] Las tierras no desérticas, entre la actual Gaza y el río Orontes/Asi. Los cananeos eran mercaderes y la zona, muy fértil y próspera.
[2] Del Potú (Poitou), Francia. Gentilicio de los de Poitiers

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