25 oct. 2014

DEL VEROÑO Y EL CAMBIO DE HORA


Esta mañana, mi sobrina-nieta (9 years old; y tan old. ¡Cuán de mayores nos van haciendo!) me ha sorprendido con un “¡Mira, tío, qué bonito día de Veroño!”. Es muy zalamera y puñetera esta niñita, Sairota von Henflincht; de los Von Henflincht de Benidorm de tota la vida, que conste.

Y me ha explicado Sairota esto del Veroño mientras trasegaba toda una pinta de leche: una cosa, esta cosa, entre verano y otoño que vivimos ahora mismo. Mi sensor ventanométrico (está en la ventana) está ya en los 27º y sólo nos acercamos a las 12 de la mañana. Veroño, ¡cómo se nota que esta niñita no sale a trotar cada mañana antes de las siete y se tropieza con los 13º de los últimos tres días! Veroño, ¡así va el país!

Luego me he enterado, tras pasear a “Putoperro”, que lo de Veroño lo ha leído en el WhastApp de su madre… y me lo ha hecho llegar: “Veroño, época del año en la que puedes tomarte un granizado de castañas, buscar níscalos en bañador, comerte unos panellets -típicos del 1º de noviembre por estos lares, añado yo- en el chiringuito de la playa donde hasta hace unos días comías sardinas, tomarte un helado de boniato, matar mosquitos con la bufanda” y cosas por el estilo ya con menos gracia… si es que lo de Veroño la tiene. A mí me ha gustado.

¿Gustar?, ¡me ha encantado eso de Veroño! Definió perfectamente la situación a mediodía.

Y mucho más me ha encantado la facilidad con que se le olvidan las cosas a Sairota. Ayer mañana, mismo, iba al cole con leotardos gordos, gordos… porque bajar de Polop a la hora del cole de Benidorm se las trae a esas horas matineras y de frescor de octubre. Pero hoy está feliz con su Veroño y ya se ha montado su “oficina” en el salón no sin antes preguntar lo de la hora para esta próxima madrugada.

Del cambio de hora ya hemos hablado en este blog; y no sólo una vez, que es recurrente, con lo que valga la del año pasado. Ahora bien, como le oí anoche a un colaborador de Alsina mientras paseaba a “Putoperro” (mi vida, ahora, se reduce a sacar al semoviente de la unidad familiar a hacer sus deposiciones… y daba cuenta de una rabaseta, que todo hay que decirlo), este país está para hacérselo ver. Sí, “un país que cada 31 de diciembre hay que recordarle lo de las campanadas, los cuartos y el trayecto de la bola, no es muy normal”. Y mucho menos si dos veces al año (último domingo de octubre y último domingo de marzo) hay que estar tratando y retratando lo del cambio de hora… porque hay una Directiva Europea y un Decreto de Presidencia del Gobierno… y muchos años de tradición para haberlo ya asumido como natural; como las tradicionales subidas de la gasolina y de la bombona de butano.

Y me gusto más, si cabe, la explicación que ofreció otro colaborador de Alsina, anoche, sobre la duración de los días y la luz solar, que venía a colación con el tema. Puso un ejemplo híper-mega-didáctico: un pollo al ast.

Sí, el planeta Tierra es el pollo ensartado en el espetón que se coloca en la máquina y gira y gira hasta asarse… y el sol equivale al foco calefactor de la máquina que es una placa cerámica.
¡Perfecto!, pero algo ajeno a la realidad. Eso sí, didáctico; muy didáctico.

Sí, si el planta Tierra estuviera “pinchado” (por su eje) como el pollo del asunto -o el planeta Mercurio, cuyo eje es prácticamente perfecto (a 0’1º)-, el día y la noche tendrían la misma duración y no haría falta aplicar ese cambio de hora.


Lo que pasa, y muy bien que lo explicó el colaborador de Alsina, el pollo/planeta nuestro no está ensartado en la dirección cabeza-culo (N-S, vamos) sino que está ensartado de la guisa que un taurino describiría como “travesao”. El eje del planeta tierra (eje polar) está desplazado del, digamos, eje natural-oficial unos 23’5º. Si eso mismo lo trasladáramos al pollo de la máquina sería como atravesarlo de muslo a ala… y diríamos que está mal ensartado… para un resultado de cocinado uniforme “al ast”

Es que, resulta que, un pollo al ast de tal guisa, que no gira “como debe”, pasaría a estar más quemado en unos lugares que en otros: el día y la noche serían ya distintos. Esto, además, explica las estaciones: 4, primavera, verano, otoño, invierno… incluso este Veroño este. El giro -así, “travesao”- ya no sería uniforme, y cambia la cosa. ¡Menos mal que el planeta Tierra no es ese pollo, porque algún alienígena vendría a comernos!; estaríamos riquísimos.

Si cambiamos el ejemplo -por exceso de calor; que nos torramos- y lo pasamos sólo a iluminación, nos encontramos con que para conseguir un mínimo ahorro cambiamos  el horario en que decimos que amanece (que no es poco) y nos ponemos en funcionamiento; pero mantenemos al planeta ensartado del muslo al ala. Menos mal.

E insisto: ¡Menos mal que el planeta Tierra no es ese pollo! Aquí, en el baile del planeta sobre su eje, entran también en liza el plano de la elíptica y otros movimientos -como nutación y precesión- que unir el de rotación.

A lo peor, un pollo al ast ensartado como el planeta Tierra (línea de de polos; a 23’5º) con movimientos de nutación y precesión, no se nos socarra tanto como imaginamos a priori… con lo que, a lo pedor, estoy dando una idea de nueva -y compleja- máquina de asar pollos: no sólo con el giro de rotación sobre su eje, sino con los añadidos de plano de la elíptica, nutación y precesión… pero me imagino que no hay mecanismo terrestre que aguante semejante bamboleo… y, además, sabiendo que cada 25.767 años hay que variar la orientación del eje, que hay que estar atentos al calendario  no sea que se nos pase.

Vanos, que en la madrugada del domingo cambiamos la hora (a las 3 serán las 2… en la península) y seguimos en Veroño; lo de siempre.





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