4 ago. 2016

De cuando te rompen un cachito del Paraíso soñado.


Fue terrible. Terminas en Sevilla tus cosas y sueñas, a finales de julio, con un trocito del Paraíso en la Playa de las Tres Piedras, aún Chipiona, junto a Costa Ballena. Es un reducto mínimo delimitado por el arroyo del Barracón y las últimas construcciones (o primeras, según la dirección que se tome) de la urbanización roteña. Uno soñaba con Paco y sus tapas, al borde del mar, en su Faro Blanco; en sus tumbonas en atalaya privilegiada, en su ducha (¿por qué no?; es un sueño), en su cocina (tradicional y típica; con y sin pretensiones), en su balcón repostero y en sus gin-tónics de media tarde sin liturgias; hasta las 9 y pico que el sol, allí, lo permite. Y la noche mantenía su ambiente.

Fue espeluznante. Llegas, con todo el golpe de calor, y te encuentras con coches aparcados que alcanzan hasta el mismísimo puente que cruza el arroyo. ¿Qué pasa aquí?

La margen derecha del Barracón también está colapsada; increíble. Desde otro vehículo, con la misma sorpresa y sensación de frustración, se oye: “es que se ha puesto de moda; ya te lo decía yo”. Va a ser que sí; hace ocho años ya “amenazaba” con ponerse de moda, porque lo tenía todo a su favor. Falté, faltamos, el año pasado: España tiene rincones fascinantes para una escapada de playas y gastronomía. Y viviendo en Benidorm, buscas lo mínimo que aquí no tienes: cosa harto difícil. Y lo había encontrado allí, en un frente de playa de 100 metros -que yo acotaba sin más-, donde la tiza volaba sobre una barra pintada de añil, donde las tapas salían a golpe de megáfono y donde la más ordenada entropía (la medida del desorden de un sistema) marcaba el funcionamiento detrás de la barra donde tapas, platos “en amarillo” o los platillos elaborados de Koke te subían al séptimo cielo entre una clientela variopinta y fiel que no dudaba en “echar el día” allí. Al final, la libreta señalaba una cuenta muy asumible ante tal cúmulo de sensaciones placenteras vividas.

Horripilante llegó a ser el descubrir la imposibilidad de hallar tumbonas, mesas o un resquicio entre la marabunta congregada; muchos asombrados. Atroz resultó ver la menguadísima y raquítica carta y la imposibilidad -frustrante- de llegarte hasta la barra a pedirte un manzanilla bien frío o una caña y un “algo”. Espantoso fue comprobar que no era yo solo; que había otros más en mi misma situación: ¡El fin del mundo!, sentenció un madrileño en mi mismo estado de incredulidad.

Terrorífico nos pareció tener que volver a calzar las botas de Indiana y el salaksak filipino (salacot colonial) y ponernos a descubrir algo que no fuera un “Club de Mar”. ¡Por Dios!: clubes de mar. Esto ya no es lo que era. Hastiante resulta pensar que el futuro va por ahí. El chiringuito pasará a ser un vestigio arqueológico.

Ya se veía venir. Al Ajedrez le siguió el Chinini; apuesta de restauración y movida llegada de tierras interiores con marca registrada. Aún asumiéndolo, es trágico ver el Faro Blanco, casi en tinieblas, con una carta reducida a sota, caballo y jamelgo, que nunca rey, cuando antes te volvías loco de indecisión ante el cúmulo de excelentes posibilidades que ofrecía, sabiendo que ninguna defraudaría. Antes refulgía a la altura de la Turris Caepionis, el faro más alto de España -del que dista muy poco- en la Punta del Perro alertando de los escollos de la Piedra Salmedina.

Si este Faro Blanco ya no alumbra, no me pudo alertar de los escollos que me iba a encontrar.
En estas que te niegas a entregarte rendido y abatido a la realidad, tozuda realidad. Recuerdas el grito de “¡Santiago y cierra España!” (porque era su día) y hasta el “¡desperta ferro!” almogávar para orquestar una rebeldía en toda regla ante la triste vivencia. Pero eres el único beligerante con la cosa; los demás se dejan arrastrar por la cruel realidad, optando por aceptar lo que se ofrece o abandonarse en la playa que surcan carritos y otros vehículos con posibilidades de abastecimiento.

Te reconforta saber que no eres el único. “Mi hija ha llorado al encontrarse con esto”, le oí decir a una señora que atendía al nieto. Yo estaba a punto de hacer lo que la hija: llorar. Puede que los tiempos demanden, “estando de moda”, esa ordinariez de abandonar lo autóctono por media carta de platos mejicanos, otra media, escasa, de boutades que pretensiones autóctonas y un ejército de de pipas de aguas a tu disposición entre sopicaldos de “botánicos” que llaman gin-tónics tras haber escuchado la letanía de marcas de ginebra con sorprendentes cualidades que nunca hubiera imaginado ni el destilador principal. ¡Cuanta literatura!

Me lo han cambiado todo; esto ya no es para mí.

Yo le soy fiel a Benidorm 355 días al año; aunque esté lejos. Pero los diez días restantes exhibo mi impúdica infidelidad en las playas gaditanas del Atlántico. Aún así, por ese pecado, no merecían esta penitencia final.

Maldije y juré en arameo, pero asumí que esos emprendedores se merecen el éxito (que deben ganarse): “hay gente pa tó”, recordé. Han hecho una apuesta por algo que se está imponiendo, aunque yo no lo comparta. Para mí, al Faro Blanco le hace falta, ahora mismo, cambiar la lente, mejorar la linterna y olvidarse del acetileno, pero sus actuales concesionarios no apuestan por ello. ¡Ojalá triunfen!

Esto del Club de Mar, debe ser la edad, es un concepto que no termino de asimilar. Yo a la playa, por regla general, no voy porque me molestan los granitos de arena; tal vez iba a aquella porque el andar de la marea no permitía tanta superficie de arena seca y suelta, porque tenía la ducha a mano, sombra, tranquilidad, ambiente de chiringuito andaluz (que eso es tela marinera difícil de cortar), mucha bebida y abundante y exquisita comida: el paraíso.

Hasta media tarde, antes, todos éramos, por allí, iguales: en bañador. Ahora no. Cuando el sol amenaza con ocultarse comienzan a llegar “textiles” a tono con la noche que está por comenzar. Se intercalan con los que aún están en traje de baño calentando un copón de gin-tónic al ritmo de la música: un chunda-chunda de discoteca que yo dejo en exclusiva a la discoteca y no para vora mar. El sol ya no quema y el “club de mar” se llena de ambos grupos: unos que al poco se irán y otros que al poco aumentarán. Ya no pego ni con cola ahí. Me sobra la música, que antes estaba pero muy de fondo: llegaba del Club de Mar de más allá; era cosa de los otros.

Este no es mi trocito del paraíso nacional, que me lo han cambiado. Pero, como dije, calcé las botas de Indiana y me protegí del sol con el salaksak… y descubrí el último reducto…







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